Antes de ayer mi hermana cumplió años. No
llegó a un número con cierta importancia simbólica como podría ser uno, quince, dieciocho,
veintiuno o veinticinco, sino treinta y dos. Hace que treinta y dos otoños
llegó esa escorpiona, a quien éste sagitario le siguió cuatro años
después. Regularmente compartimos nuestros
natalicios con el cadáver de un pavo asado en una bandeja, no de plata sino de
aluminio desechable, junto a un plato de arroz con gandules, y ensalada de
papas. Eso tiene un punto a nuestro
favor y en contra, a nadie en la familia se le olvida nuestros cumpleaños. Pero más allá de un bizcocho en forma de pavo
o cornucopia llena de frutas y vegetales, compartimos muchas cosas de mayor importancia.
Si bien empezando por el mes, fin
de quizás la estación más hermosa del año. Pese a que nacimos y nos criamos en
el trópico donde de las estaciones no son marcadas y eso de paisajes exóticos
de amarillos, anaranjados y rojos en la vegetación no existe, ella siempre sintió
un no sé qué por dichos colores. Desde siempre las flores blancas y amarillas
fueron sus favoritas, simples margaritas silvestres o altivos girasoles. Heredé de ella, y reenforcé con mi novio, esa
sensibilidad hacia ese infinito mar de colores otoñales que llenan mi pecho y
aguan mis ojos. Creo que hay algo de nostalgia
en todo eso.
Ahora que habito tierras extrañas
fuera de mis trópicos, he podido disfrutar de un majestuoso espectáculo. Al mirar por mi ventana, al caminar por la
calles, al visitar los mercados de agricultores, donde quiera veo ese mar de colores
que la colocan en mi pensamiento y la acurrucan mas en mi corazón. En ocasiones quisiera
arrancar el paisaje, guardarlo eternamente y colgarlo en su pared para que le
haga compañía. Y es que esa hermana se puede metamorfosear en girasol,
margarita silvestre o africana ha calado tan hondo en mí, y ha servido de guía
y confidente en tantas, tantas ocasiones que la convierte en la alfa y omega. Ha sido un modelo de vida, luchadora y
vencedora de todas las batallas a que la vida le ha obligado a vivir.
Aunque compartimos la citrine o topacio amarillo como piedra
natal, somos entes muy diferentes como lo dictó la Fortuna: escorpiona y
sagitario, agua y fuego, al fin. Ella es
una chica conservadora, de negocios, independiente, más fuerte y con los pies
en la tierra, mientras yo soy uno liberal, de artes, más dependiente, sensible
y soñador. Estas diferencias es lo que ha
hecho nuestra relación filial una hermosa y constructiva durante cada etapa de
nuestras vidas: admiración, respeto y agradecimiento siempre han regido. Por más que discrepemos, ella siempre será
ese astro-sol a quien en una noche de cumpleaños, hace ya varios años atrás rendí
mi alma, abrí los pétalos de mi corazón y erguí mi ser hasta el día de hoy.
¡Vilma, te amo!
